Tres tentaciones del ama de casa (inexperta)

Y lo de ama de casa “inexperta” lo digo por mí. Empecé a trabajar de lo mío antes de terminar la carrera y desde entonces solo he tenido la interrupción de mis permisos por maternidad. Así que lo de empezar a dedicarme de forma casi exclusiva a la vida doméstica y familiar ha sido un reto importante para mí. Pensaba que esto era bastante sencillo, que me iba a sobrar el tiempo para tener la casa en orden, que podría cocinar más y mejor, que no me iban a faltar momentos para atender a mi familia, que tendría tiempo para leer, para hacer más colaboraciones en medios, y no sé cuántas cosas más… Creo que se me olvidaba que tengo cinco criaturas y que soy algo insensata.

He pagado la novatada. Con un año a las espaldas como ama de casa, me animo a hacer balance, autocrítica y compartir las tentaciones con las que me he topado en estos meses intensos. Lo hago como terapia, para que me ayude a tomar decisiones que cambien ciertas situaciones, y también –¿por qué no?- para que las amas de casa experimentadas podáis echarme un cable.

Y estas son las tres tentaciones clave que yo he identificado:

  • Pensar que eres menos valiosa que las madres trabajadoras. Creo que es la tentación más fuerte, ya que no procede solo de la inseguridad personal, sino sobre todo del bombardeo social y mediático que hoy valora a la mujer casi exclusivamente por su trayectoria profesional. Esta tentación acecha cada vez que escuchas en la radio o en la televisión los típicos discursos ridiculizando a la mujer “florero” de otras épocas o diciendo que eso de las amas de casa es una suerte de fracaso femenino o una consecuencia del machismo y del “heteropatriarcado” que hemos sufrido desde tiempos remotos… Pero también puede apoderarse fácilmente de ti (o de mí) cada vez que te comparas con otras madres trabajadoras que quizá tengan una situación familiar similar a la tuya y, sin embargo, siguen adelante con su carrera profesional.
  • Pretender escapar del aislamiento con las redes sociales. El tiempo en casa es solitario, aunque tengas que ocuparte de dos bebés como es mi caso. En la oficina te sientes conectado con el mundo fácilmente, hablas del partido de anoche o de la última ocurrencia política, compartes tus dificultades en la educación de tus hijos o te echas unas risas con cualquier chiste malo. En casa no tienes ese feedback. Corres el riesgo del aislamiento. Y la tentación para salir de él es volcarse en las redes sociales. Son como una ventana al exterior, que siempre tienes a mano y que van entrando sigilosamente en tu día a día invadiéndolo todo: te conectas mientras se cuecen las patatas, cuando los niños están dormidos, un ratito pequeño antes de cambiar de tarea o justo ahora que acabas de toparte casualmente con el móvil… Y te enredas tan tontamente que se pasa el día sin haber visto nada realmente interesante y habiendo malgastado el precioso tiempo que tenías.
  • Caer en la desidia. El trabajo doméstico es repetitivo, bastante desagradecido y, a veces, incluso frustrante. El cuarto de baño dura limpio hasta el mismo momento en que tus hijos cruzan el umbral de la puerta de casa como una apisonadora. El trabajo de toda una mañana roto en mil pedazos en cuestión de segundos. Por eso es fácil caer en el “¿y para qué?”, “nadie se va a dar cuenta”, “ya lo haré otro día”…

Caer repetidamente en estas tres tentaciones, además de ser tremendamente humano, es una forma lenta y silenciosa de poner en peligro una misión y un privilegio profundo que tenemos las amas de casa*: dedicar nuestros mejores esfuerzos a la construcción de un hogar. Y un hogar no es importante por las cosas que contiene sino por las personas que acoge. Supone cuidar el espacio que habitamos, para que en él cada miembro de la familia se sienta atendido, amado y reconfortado. Con el plato de spaghetti con tomate en la mesa le digo “te quiero” a mi hijo mayor que es feliz por poder comer en casa entre semana; con ese ramo de flores frescas junto a la talla de la Virgen muestro a mis hijos que nuestra Madre tiene un espacio en casa y es importante para nuestra familia; y cuando mis bebés se encuentran el salón medianamente recogido interpretan a la perfección que les estoy diciendo: “Aquí lo tenéis para que lo destrocéis, otra vez, a vuestro antojo”. Sí, realmente, es un trabajo precioso, aunque exigente, rutinario y físicamente agotador. ¿Pero qué trabajo no lo es?

De modo que para que las tentaciones no me impidan disfrutar de los enormes beneficios que tiene estar en casa (esto merece otro post), he decidido tomar cartas en el asunto. Un año de novatada como ama de casa ha sido más que suficiente para mí. Estas son algunas de las medidas que estoy empezando a adoptar:

  1. Lo primero es lo primero, y lo primero es rezar. Ponerme cada día en la mejor compañía que es la del Señor. Antes de verano, y tras exponerle a un sacerdote mis dificultades para hacer oración diaria, me contestó: “¿Pero cómo puedes vivir sin rezar?”. Y es cierto, lejos del Señor la vida se convierte en un sin vivir. Así que -me digo- empecemos a ordenar las prioridades como es debido.
  2. Me he desinstalado la aplicación del móvil de Instagram. Sin duda, es la red social que más me ha perjudicado en este año. Por un lado, por lo fácil que es enredarse con los stories sin fin. Por otro, por la comparación constante con la vida de los otros. Instagram es la red social de las cosas bonitas, de las imágenes cautivadoras … Y todo eso es precioso, claro que sí, pero enormemente parcial. Todos sabemos que en la red solo aparece una parte de la vida de los demás, pero, incluso siendo conscientes de ello, esto produce un efecto extraño en nosotros (o, al menos, en los que somos más débiles), una tendencia a la comparación y a ver relucir nuestra miseria ante tanta belleza ajena. Es cierto que he descubierto personas maravillosas y he conocido realidades interesantísimas en Instagram, pero, por el momento, prefiero decir adiós a la comparación y a la recreación en vidas ajenas, y dar la bienvenida a la maravillosa, caótica e imperfecta vida propia.
  3. He empezado a planificarme. Y creedme si os digo que soy la persona menos planificada del mundo. Lo mío es la improvisación. Y claro, eso queda muy chic para algunas cosas, pero para otras es desastre asegurado. Así que me he hecho un planning mensual de tareas domésticas y otro de comidas (cuando lean esto mis amigas no se lo van a creer). Y esto he de agradecérselo a los 21 días para tener tu casa en orden de Alicia, de Orden y limpieza en casa, que descubrí precisamente en Instagram. Veremos si persevero; pero, de momento, me está funcionando muy bien, me genera un orden diario, me aleja de distracciones inútiles y me da la satisfacción de cumplir tareas tangibles.
  4. Volver a la actividad intelectual. Porque no vale leerse una página de un libro cada tres días, no. Así no me rinde la cosa. Me he pasado la vida estudiando y profundizando en temas que me interesaban, así que es momento, tras una pausa prudencial tras el nacimiento de los mellizos, de volver al estudio. ¿De qué exactamente? Está por decidir.

De este modo comienzo el curso: con energías renovadas y con la certeza de que esta inesperada “pausa” en mi vida profesional no lo es, en absoluto, en mi vida y desarrollo personal y familiar. “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado” (Qo 3,1-2)… En cómo vivamos ese tiempo, que no nos pertenece y siempre es un regalo, hace la diferencia entre la amargura y el gozo. ¡Feliz inicio de curso! 

Edición posterior: con los meses volví a instalarme Instagram. Procuro ser selectiva con lo que sigo y limitar mi uso. Si en algún momento, me vuelve a dar problemas, no dudaré en volver a desinstalarlo.